Wonka, La Luz y El Universo Nuestro.



La gruesa línea que separa su mundo con la irrealidad de esas pinturas, que manchan tus manos, se ve fina y loca. Entras en trance pues tu mente viaja, viaja del color a la sencillez –viaja de lo que no conoces al universo, ya creado, en tu alma–.

Por eso no sabes cuando ves; el arte que observas es lejano a ti; el arte que empiezas a recorrer cuestiona las líneas de tu cuerpo y también los mil ojos que miraron la realidad a lo largo de esa desconocida historia. 
Roto, destrozado, tirado en el suelo…. Y desde ahí despegas, rechazas, no quieres seguir pintando pues te dicen que no vales, que cada línea no es tuya y no aceptas que la verdad sólo se llame de una forma. 
Ellos no comprenden la ingeniería perfecta de la imperfección de cada imagen; ellos no te quieren contar sus secretos porque creen importante su mar cuando tu cielo vive en la piel.
Sabes de arte porque miras. Sabes de arte porque ves. Sabes de lo que se puede saber y así salvas tu vida. 
Y te comento, que en lo personal, he sentido el dolor de la guerra, y tú, tú me conoces  sabiendo que has ido y has decidido que tu piel no tenga sentido encontrando así tu camino propio.
Repasas cada tatuaje, te escribes a ti mismo, y así: sientes que para ser, solamente tienes que saber lo que eres y es que el arte te empieza a dar respuestas que jamás pensaste que ibas a encontrar –ahora, iluminada en la luz oscura de un nombre llevado a hierro en los huesos, la sangre es relativa–. 
Ahí están, en caricaturas de belleza, en belleza de lo horrible. Y vuelvo a decir que así se crea una preciosa armonía que nadie entiende porque sólo habiendo empapado de color y tinta tu mente puedes acceder a ese lugar sagrado: un lugar del que ellos no saben nada, pero tú y yo sí al mirar cada trazo imperfectamente maravilloso del maestro Wonka.


No quiero ser yo. Tú no quieres ser yo. Mis amigos están lejos. En el estudio la música suena y no existe línea alguna entre su realidad y la nuestra.

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