Ophelia; John Everet Millais.



Dolor sin preguntas que penetra. Inconformismo poco a mucho; mucho a poco sigue en su torrente. El corazón sin tinieblas pudre la oscuridad –pero ella sigue viva–. Ahora la ves pura y de oro, parece que existe, que poco a poco la realidad recompone sus hipótesis. Abandonada en un cuerpo casi inerte. Sin saber. Sin poder morir. Sin prepararse para el viaje pero tumbada en la carretera y flores y agua. Sin cancerbero. Sin bienvenida. Riendo en ganas. Volviendo; corriendo; real no es pero sigue siendo ser. 
Y yo, pianista de las palabras recorro su dolor. Respondo sus preguntas. La invisible sangre gangrena cada beso que jamás volverá a recibir; sin príncipes; sin castillos; Ophelia pide tregua. Se desliza y sus cuchillos son flor y así suicida su alma. Porque ves: hay naturaleza haciendo arquitectura; ejerciendo la matemática del olvido en cada palmo del paisaje y dime. Dime si vives en lo salvaje, si como Ophelia olvidas. Dime si como Ophelia desesperas sin espera tu momento final. Tu sueño es su sueño. Tú dices y ella no mira –pero siente–. Y di, sí, digo que Ophelia vive bella en el pantano de tu corazón. Y sí; Ophelia ya muerta es nenúfar, es algo más del río. Es romántica y me cree. Porque ya la hablo. Porque siento. Porque el dolor de sus labios es de un rojo que las rosas envidian –se apaga, ya no brilla, ya no dice, ni siquiera se pudre–.

Aquí está, ella vive. Vive sólo porque aún recuerda cómo están esculpiendo su muerte.

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