jueves, 9 de junio de 2016

Abandono.

He abandonado y estoy orgulloso de ello. 
Cuando te planteas un reto, es decir, una carrera de fondo hacia un tipo de sueño, normalmente lo que más encuentras son escollos, puntos flacos en ti mismo que ni sabías que estaban ahí –pero sí, lo están y no tienen nada que ver con zancadillas ajenas sino más bien con todo lo relacionado con un “no puedo”, “no debo” o un “qué pensarán de mí en el fracaso”–.
Hay quien dice que cuando no finalizas un proyecto, una ilusión o simplemente decides dar un paso atrás estás fracasando –y además, estás perdiendo ese precioso y preciado flujo vital llamado tiempo–. Sin embargo, se equivocan; se equivocan porque para avanzar y causar una explosión que revolucione todo lo que conoces y conocemos, veo imprescindible la dinamita. Esa explosión no tiene por qué destruir todo lo que represente una vida anterior, sino quizás purgar lo que te hacía daño y te impedía entender los susurros de ese curioso secreto llamado felicidad. 
Yo lo he vivido, he sentido una montaña rusa de ilusiones frustradas en altas expectativas –no sé si sobre mí mismo o sobre lo que hacía–. 
Y sí, fui capaz de hacerlo; de hacer todo lo que esperaban de mí por ser quién soy, cómo soy, o luchar por lo que lucho. Sin embargo, sólo veía en el espejo la frustración de un hombre que no estaba contento; no sentía torrentes de mariposas en el estómago al pensar sobre ello. 
Porque yo lo que quiero es saber, conocer, reinventar la sociedad que nos consume –demostrar a todos que se equivocaban cuando decían que el mundo real es la perdición de los que buscan la genialidad volando, que no caminando–.
Ahora os digo, es posible que mande mi vida actual a tomar por culo, pero si lo hago lo haré porque los sueños no saben nadar y ahogarlos en un mar de decepciones, reproches propios y sufrimiento es un error –un error que conoce muy bien el sabor de la frustración–.
Y es que yo prefiero volar con ellos, porque de eso sí saben los sueños y hacerlo siguiendo su estela es quizás la única manera de lograr que la meta sea también el principio.
Todo esto para que llegue un momento en el que no sepas si el camino es el final o el principio. Todo esto para que llegue un día en que pueda decir que mi vida es la carrera y también las lágrimas de la llegada. 
Todo esto para saber que vivir de lo que amas es lo mismo que mirar en el espejo el reflejo de un tipo feliz.

Pienso que esta felicidad de la que hablo no es algo sencillo de encontrar, hay que buscar mucho y dar millones de palos de ciego para lograrla. Es un diamante en bruto que se pule poco a poco, paso a paso y fracaso a fracaso –la línea de meta es más dulce cuando los pies te sangran y el sudor te quema–.